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Y ahora... ¿crisis política?

Sobreaviso

RENÉ DELGADO, , actualizada 08:42 🕚

Así como se veía venir la epidemia y, con ella, el agravamiento de la situación económica, ya se advierten barruntos de tormenta política, los cuales -de no disiparse con definiciones claras, decisiones serias y acciones precisas y equilibradas- probablemente deriven en una crisis social.

De seguir por donde va, el país se dirige a una crisis de crisis. Un descalabro mayor, una de esas caídas de las cuales mucho tiempo, sufrimiento y esfuerzo le ha costado al país levantarse de nuevo.

Lo dicho en voz alta por el secretario del Medio Ambiente, Víctor Manuel Toledo, se sabía en voz baja. Era un secreto a voces: la pugna entre moderados y radicales al interior del gabinete carece de arbitraje y, por lo mismo, le falta equilibrio a la acción gubernativa.

La victoria electoral no ha supuesto la conquista del gobierno y, en más de un área, ni siquiera se ha dominado la tarea administrativa. El tino de haber integrado un equipo de campaña con personalidades disímbolas, hoy es el desatino de no mesurarlo y coordinarlo en la administración. De la virtud se hizo vicio político y, así, la pretendida transformación, a casi dos años de haberse iniciado, no consigue asegurar su destino ni fijar ruta, itinerario y ritmo.

Al equipo de colaboradores presidenciales le falta claridad en torno a su margen de acción y maniobra porque, en el fondo, su jefe, el presidente López Obrador, no acaba de fijar el límite y el horizonte de su propio mandato, al confundir el origen y alcance de éste. A veces parece relacionarlo con una revolución y no con una elección y, entonces, siente contar con una fuerza superior a su posibilidad, sin siquiera advertir que el movimiento que lo llevó al poder ha perdido cohesión, unidad y dirección.

Sí, Andrés Manuel López Obrador recorrió durante mucho tiempo y muchas veces plazas, calles y senderos, pero nunca se subió a la montaña. Apreció, entendió y expresa el sentir popular, pero no acaba de traducirlo en un programa de reformas que, sin dejar de llevar a cabo ajustes profundos, tampoco desmantele estructuras e instituciones, al punto de hacerlas inoperantes y frustren el anhelo de abatir la impunidad, la desigualdad y la inseguridad. No se puede rehabilitar un Estado adelgazado, llevándolo a los huesos.

Mientras el jefe no reflexione con profundo sentido de realidad cómo realizar un cambio sin ruptura en medio de una crisis sanitaria y económica, sus colaboradores no podrán dar lo que se espera de ellos.

Qué bueno que las diferencias al interior del gabinete presidencial se ventilen públicamente y se abandone aquella simulación, donde una súbita enfermedad apartaba del puesto a quien discrepaba o fallaba y se iba sin decir pío ni rendir cuentas. Qué bueno, pero eso no resuelve la urgencia de dominar la administración, conquistar el gobierno y darle perspectiva al país.

Ciertamente, las diferencias son normales en un equipo de trabajo, sobre todo, cuando éste ensaya una transformación, pero hasta ahora los diferendos no se han resuelto a partir de diálogo, negociación y acuerdo, sino a partir de la salida del funcionario o secretario discrepante. Hecho que pone en evidencia, pese al dicho presidencial, que sí hay un pensamiento único, un discurso irrebatible, una práctica intolerante y una voz dominante que no siempre acierta en su acción y actuación.

No en vano se dice que el Ejecutivo oye, pero no escucha; habla, pero no articula; decide, pero no resuelve; camina, pero no avanza; promete, pero no concreta.

El problema de salir de los colaboradores discrepantes es que vulnera la confianza que inclinó la balanza electoral a favor del hoy presidente de la República y, a la postre, le restará legitimidad.

Parte de la decisión ciudadana de sufragar por Andrés Manuel López Obrador fue producto de la diversa y complicada composición de su equipo de campaña. Ahí, cohabitaban moderados, centrados, purificados, conversos y radicales, personalidades con origen, convicciones e intereses distintos e, incluso, encontrados, pero justamente por ello constituía un polo de atracción electoral y generaba confianza en un cambio sin ruptura y con destino porque, no sin tensiones, terminaría por equilibrarse.

En la campaña cabían todos, pero ahora resulta que no en la administración. Quienes hasta ahora se han ido del equipo presidencial constituían un contrapeso ante las acciones radicales y, al salir, se han llevado parte de la confianza depositada en esa compleja y abigarrada mixtura política que, en su diversidad, garantizaba equilibrio. Seguir descargando del equipo a los moderados terminará por radicalizar a la administración con cuadros a veces más disciplinados y obedientes que preparados y capaces.

En esa situación la desconfianza crecería, espantando aún más a la inversión requerida para salir de la emergencia sanitaria y económica y, sin duda, abriría de la puerta a la crisis política que ya se asoma.

Desde luego, la nula oposición partidista, derrotada no sólo por el impulso de Morena, sino también por su incapacidad política o su complicidad en el saqueo del país, puede parecer una ventaja para hacer y deshacer desde la administración cuanto se quiera, pero le está haciendo falta al Ejecutivo para equilibrarse y calibrar con precisión la viabilidad de su proyecto.

A casi dos años de haber iniciado la gestión, el mandatario no puede desconocer que no ha sentado las bases de su proyecto y sí, en cambio, la epidemia le ha complicado la situación. Si no aquilata, arbitra y equilibra la acción de su equipo, el país se le puede ir de las manos y, con él, la posibilidad de transformarlo, dando paso a una crisis de crisis.

Sobreaviso12@gmail.com

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